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23/11/2009
 
El último fuego
 
   
  Por Damián Faccini // Cronista
 
     
Lienzo descarnado y realista.
 
 

En estos tiempos de vorágine visual y caníbal; de video clip constante; de invasión multimedia, relatar una historia desde la proyección de imágenes generadas por un orador en nuestra mente, implica todo un desafío artístico e intelectual. Aquí, la fuerza del texto dramático, como sucede con la lectura, nos exige el esfuerzo de la búsqueda del meta mensaje, de lo subrepticio.

Asistimos a la figura de alguien que nos cuenta desde su mirada por momentos periodística; en otros, representando nuestro punto de vista, una historia tremenda.  Tremenda y lamentablemente común.  Un niño que es atropellado y asesinado en lo inmediato por un conductor drogado.  Las vidas que alrededor de esa “ya no vida” han de desarmarse o armarse de nuevo.  La muerte presente en cada vieja y nueva historia.  No condena a nadie, porque todos lo están de antemano como en la tragedia griega (al igual que la figura del ORADOR que nos recuerda al CORO) predestinados a un final inevitable.  Nos reímos en escasa medida y es esa risa histérica y estúpida la que denota una evasión de lo infernal. 

Los actores se mueven y desplazan con una agilidad tremenda y voraz por el escenario.  Dejan el alma y las ganas al servicio de la historia.  Convivimos con su drama porque el director, nos guste o no, perspicaz y hábilmente nos incluye.  La identificación resulta entonces inevitable. Nos hemos alejado esquizofrénicamente por un tiempo teatral de nuestra realidad y ahora estamos condenando; apiadándonos y enamorándonos de.

La puesta en escena permite la interacción en tiempo y espacio de los actores de manera constante.  Se mezclan sus voces y ecos con los de otra escena que transcurre al mismo tiempo y comulga de manera prolija y cuidada con la anterior y futura historia.

Esta obra es un magnífico ejercicio que al igual que un tamiz, filtra el gusto amargo y amarillo de un noticiero sensacionalista o un periodista sin recursos dejando los granos del buen café/texto-teatro para que nosotros lo saboreemos de principio a final.   UD. Sabrá elegir en los segundos posteriores a la obra, la cantidad mentirosa y conformista de azúcar que ha de ponerle al café o si por el contrario, lo visceral de la acidez de un ristretto lo acompaña más allá de la experiencia artística.
 
 
 
 
 
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