En estos tiempos de vorágine
visual y caníbal; de video clip constante; de invasión multimedia, relatar una
historia desde la proyección de imágenes generadas por un orador en nuestra
mente, implica todo un desafío artístico e intelectual. Aquí, la fuerza del
texto dramático, como sucede con la lectura, nos exige el esfuerzo de la
búsqueda del meta mensaje, de lo subrepticio.
Asistimos a la figura de alguien
que nos cuenta desde su mirada por momentos periodística; en otros,
representando nuestro punto de vista, una historia tremenda. Tremenda y lamentablemente común. Un niño que es atropellado y asesinado en lo
inmediato por un conductor drogado. Las
vidas que alrededor de esa “ya no vida” han de desarmarse o armarse de
nuevo. La muerte presente en cada vieja
y nueva historia. No condena a nadie,
porque todos lo están de antemano como en la tragedia griega (al igual que la
figura del ORADOR que nos recuerda al CORO) predestinados a un final
inevitable. Nos reímos en escasa medida
y es esa risa histérica y estúpida la que denota una evasión de lo
infernal.
Los actores se mueven y desplazan
con una agilidad tremenda y voraz por el escenario. Dejan el alma y las ganas al servicio de la
historia. Convivimos con su drama porque
el director, nos guste o no, perspicaz y hábilmente nos incluye. La identificación resulta entonces inevitable.
Nos hemos alejado esquizofrénicamente por un tiempo teatral de nuestra realidad
y ahora estamos condenando; apiadándonos y enamorándonos de.
La puesta en escena permite la
interacción en tiempo y espacio de los actores de manera constante. Se mezclan sus voces y ecos con los de otra
escena que transcurre al mismo tiempo y comulga de manera prolija y cuidada con
la anterior y futura historia.
Esta obra es un magnífico ejercicio que al igual que un tamiz, filtra el
gusto amargo y amarillo de un noticiero sensacionalista o un periodista sin
recursos dejando los granos del buen café/texto-teatro para que nosotros lo saboreemos
de principio a final. UD. Sabrá elegir
en los segundos posteriores a la obra, la cantidad mentirosa y conformista de
azúcar que ha de ponerle al café o si por el contrario, lo visceral de la
acidez de un ristretto lo acompaña más allá de la experiencia artística.