Cartas de amor y océano.

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Por Fabián D´Amico

El puente azul es un sensible musical sobre amores epistolares de comienzos del siglo xx truncos por la distancia. Bella partitura de Albinarrate y dos grandes artistas sobre el escenario como lo son Mariano Mazzei y Dolores Ocampo.

El desarraigo, el dejar para siempre una Europa hambirenta en busca de una América rica y llena de oportunidades. Las despedidas y rostros que jamás se volverán a ver. Amores adolescentes que se truncan con esa despedida y nuevos que nacen en la tierra prometida. Tópicos conocidos para los argentinos ya que de ellos están constituidas todas las familias que poblan este país con una joven historia propia pero con una ancestral tradición europea en especial italiana, española y judía. El hallazgo de cartas de antepasados de Mariano Mazzei genera la idea de éste de realizar un espectáculo que hable de bisabuelos y abuelos que dieron y dan una impronta tan especial a los nacidos en este confín del mundo, con alta carga de nostalgia, romanticismo y añoranzas de tiempos pasados.

La idea y concepción de El puente azul no es novedosa. Romualdo parte de su Italia natal hacia Argentina con la promesa de trabajo gracias a un contacto ofrecido por el padre de María, su novia y prometida. Su llegada a estas tierras, la promesa incumplida, su vida como changarin del puerto y demás desventuras son narradas en cartas que ambos se envían desde las distantes orillas del puente azul que los separa, el océano. La relación epistolar se torna más espaciada hasta que una carta del padre de María pone fin a tal idilico romance. Cada uno rehace su vida luego de un largo periodo de duelo. De manera paralela, el bisnieto de Romualdo, en la actualidad y con apenas mínimos cambios en un vestuario básico, realiza un viaje inverso, parte a Europa a probar suerte en el viejo continente y vivir una vida de mochilero. La vida lo pone frente a una hermosa joven italiana, Evangelina, de quien se enamora pero cuyo destino parece ser similar al de su antepasado, aunque ahora no con cartas sino con Skype.

Fernando Albinarrate ( Ni con perros ni con chicos, Siempre quise ser Bette Davis) toma esa idea de Mazzei y la plasma en una pieza cuya dramaturgia tiene como columna vertebral la narración de esas cartas- reales o ficticias- y donde los protagonistas hacen carne esa letra en pequeños monólogos con escasa o nula interacción entre ambos, un impedimento espacial – pero no emocional- que tiene como principal enemigo a esa masa inconmensurable de agua que los separa. Albinarrate crea una historia sencilla donde las bellas canciones son lo más plausible de su labor. Melodías con influencias de distintas corrientes y folclores hacen una efectiva partitura ejecutada por el propio autor junto a un violinista que ocupan el centro de la escena.

Emiliano Dionisi como director y puestista se enfrenta a dos grandes desafíos que tienen como común denominador los bordes, tanto físicos como emotivos, por los cuales transitan los personajes y los sortea de manera magistral. La forma circular de la sala acota el dispositivo escénico a una tarima semicircular que uno los dos extremos laterales de la sala. A manera de puente que une dos orillas, Dionisi resuelve movimientos, coreografías,encuentros y desencuentros en escasos centímetros de anchura sin que esto debilite o atente contra el aire necesario que requiere una puesta en escena de un espectáculo de teatro musical.

El otro límite que maneja con profesionalismo es la dirección de actores. EL puente azul tiene los condimentos suficientes para naufragar entre los mares del melodrana o de la tragedia. Una inteligente marcación y contención de los actores permite el equilibrio justo para que la trama nunca caiga o se desborde ni que el sentimentalismo folletinesco invada la obra y convierta al resultado final en una pieza lacrimógena.

La actuaciones de Mariano Mazzei y Dolores Ocampo tiene un nivel de profesionalismo y entrega encomiable. La química entre ambos hace que cada palabra, cada texto que nace de sus bocas tengan sabor a una verdad absoluta. Muchos adjetivos pueden coronar a sus criaturas pero lo más trascendente es que logran personajes verídicos y queribles, como si cada espectador pudiera ver- y reconocer- desde el escenario a sus propios abuelos. Otro elemento plausible es la naturalidad en la manera de encarar los temas musicales, un transito casi imprescriptible entre las palabras y la música, donde se denota y agradece el hecho de estar en presencia de actores que cantan y que interpretan cada una de sus lineas, en donde el sentido está en lo que cuentan más alla de la técnica vocal que de por si es depurada.

El puente azul es un espectáculo angelado con mucho de recuerdos y cierto toque de nostalgia, donde emotivas cartas, bellas canciones y excelentes actuaciones transportan a la audiencia a un pasado lleno de olores reconocibles, lugares comunes a todos y el amor de los seres queridos que cimentaron una infancia plagada de afectos genuinos e irrepetibles.