El vestidor

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Por Fabián D´Amico

Relaciones tan pasionales como tóxicas son las que exponen de manera brillante Arturo Puig y Jorge Marrale en El Vestidor, con una dirección precisa de Corina Fiorillo

Entre los diferentes lenguajes artísticos, el arte escénico es el que más riesgos implica a la hora de su producción. Al ser efímero, momentáneo y sin una materialización que perdure en el tiempo para la recuperación de la inversión que exige, la decisión de montar una obra genera incertidumbre y sobretodo un alto grado de expectativa empresarial. Es por eso, que cuando dos productores se unen para llevar a cabo un proyecto teatral en el circuito comercial que se aleje de lo frívolo o de la diversión asegurada es plausible. Angel Mahler y Leo Cifelli asumen el riesgo y producen este año El vestidor, obra de Ronald Harwood ,conocida en nuestro país en una versión anterior con Federico Luppi y Julio Chávez y transpuesta al cine, dirigida por Peter Yates y protagonizada por Albert Finney y Tom Courtenay

Segunda Guerra mundial, una compañía de actores errantes representa un repertorio shakesperiano en gira mientras las sirenas suenan y las bombas caen del cielo de manera indiscriminada. Un camarín de teatro vacio a la espera del actor principal el cual se encuentra hospitalizado. La mujer del actor-también actriz de la compañía-ingresa al camarín y comienza un dialogo con quien será el alter ego del protagónico: su vestidor. Un ser de apariencia pulcra y ordenada que esconde a una criatura torturada y llena de locura reprimida y contenida. Es quien más conoce a Su majestad, el actor que encarna a todos los reyes y príncipes creados por Shakespeare. Sabe que su Señor no permanecerá mucho tiempo encerrado y no se equivoca.

El ingreso del actor en escena impacta y marca el inicio de un duelo actoral hace tiempo no visto en nuestra cartelera. La relación-entre enfermiza y pasional- entre el divo y su asistente esta plasmada sobre el escenario de manera pasional y hasta visceral, engrandecida por una dirección magistral de Corina Fiorillo que está presente en cada gesto, en cada tono y en cada emoción explicita o en desgarradores silencios. Una labor de dirección y de puesta minuciosa, obsesiva y con mucho de artesanal, en donde la acción de cepillar la capa del Rey Lear implica más cosas que el solo hecho de limpiar la vestimenta. Como ese gesto, hay más muestras en la representación de un trabajo realizado a conciencia y de mucha precisión entre el discurso propuesto por la directora y todo el elenco.

Arturo Puig y Jorge Marrale cautivan a la audiencia con papeles potentes y criaturas desvalidas. Una dicotomía que arma un juego actoral descollante. Puig encarna al vestidor-abandonado por su madre en un hospital cuando era chico-desde una infinidad de tocs físicos y emocionales donde el actor pone” toda la carne sobre el asador”, materializa en este hombre gris toda su vasta e intachable experiencia actoral con el plus de humildad que solo tienen los grandes al entregarse de pleno al trabajo del director. La escena final de la pieza muestra a un Puig conmovedor, con una energía que trasciende la cuarta pared y que deja en el público con una sensación de congoja que permanece hasta pasar la puerta de la sala y más allá también.

El papel de Marrale es más agradecido en cuanto a la posibilidad de expresar lo que siente y vive de forma más explícita. El divo que ofrece es brillantemente desconcertador, virando desde el más lucido actor hacia el ser más desprotegido y solo del mundo, con un nivel de entrega y de juego teatral asombroso quien roba aplausos a telón abierto.

El resto de elenco tiene sus momentos de lucimiento individual, destacándose Gaby Ferrero como la esposa y en especial Ana Padilla, como la asistente de dirección, en una conmovedora escena con Marrale-la escena del anillo- donde demuestra todo su potencial dramático y que no hay papeles pequeños para grandes actores. Una escenografía funcional de Gonzalo Córdoba Estévez que muestra un camarín y en parte el mundo privado de los artistas, plagado de lujos inexistentes y falsas modestias, no descuida el mundo exterior peligroso de esa época de guerra y el mágico camino entre lo íntimo del camarín y la exposición del escenario. Los restantes rubros técnicos tienen un nivel de profesionalismo acorde a la propuesta.

El extraño y particular mundo de los artistas en su intimidad, las miserias y pocas grandezas humanas que estos generan, el amor en todas las formas posibles y la imposibilidad- o temor- de demostrarlo y seres grandilocuentes en su vida pública que esconden desvalidas criaturas son algunos de los temas que propone desde su obra y que Fiorillo, Puig y Marrale materializan de manera brillante y de visión obligatoria para quienes amen el buen teatro.