Hijo del Campo

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Por Fabián D´Amico

Intimo y potente alegato de un amor distinto en el seno de una sociedad primitiva y rudimentaria. Dramaturgia e interpretación de calidad.

El salir de una zona de confort como implica salas teatrales con aire acondicionado, las mejores instalaciones y un acceso inmediato al transporte público permite descubrir obras teatrales de alto impacto como lo es Hijo del Campo. En un pequeño sótano ubicado en la calle Pasteur al 600 donde el ingreso para personas con dificultades de movilidad es impensado se encuentra una pequeña gran pieza teatral donde el centro de atención dramático está colocado en un lugar poco habitual en la dramaturgia argentina: la homosexualidad en el campo.

Un paraje desértico en el medio de la Patagonia es el sitio donde se esquilan a las ovejas. Uno de los encargados de ese trabajo se encuentra durmiendo mientras una mujer, ataviada con ropas gauchescas, desgrana melodías telúricas con su guitarra. El despertar del hombre, su ritual de acicalamiento, su léxico específico y rudimentario, da idea de la soledad y lo austera de la vida en ese lugar. Mientras relata sus vivencias va dando datos importantes que develan la identidad del hombre. No es un empleado más, sino el “último orejón del tarro”, el que hace las labores que ninguno hace, aún siendo el hijo menor del “padre”, el ser omnipotente del paraje, quien está rodeado de sus otros hermanos "sanos y perfectos".

Su único momento de abstracción es cuando se encierra en un precario baño de chapa a soñar con una vida mejor. Solo, ermitaño y con la única inteligencia de los sentimientos, tiene un secreto amor que atesora como lo más valioso del mundo, hasta que sus hermanos y progenitor terminan por descubrirlo y arrancarle de sus brazos el hálito de vida que le queda, hecho que lo obliga a replantearse su vida.

Una dramaturgia precisa, sin golpes bajos ni efectos innecesarios, conmueve a la platea desde la sencillez y verdad que irradian las palabras escritas y dichas por Martín Marcou. Su interpretación es sanguínea, visceral y a la vez íntima. La cercanía del público con el actor potencia esa comunión y el silencio ceremonial durante la función y el vivo y férreo aplauso final coronan su labor interpretativa. Junto a él, en un segundo plano pero siempre presente, Carolina Curci es la encargada de la parte musical e interpreta melodías populares del cancionero folclórico nacional que hacen a la historia y que le dan a la misma un poco de aire y respiro ante tanta hostilidad.

Una puesta en escena mínima, unos pocos tachos de luces dándole matiz a la trama, bellas canciones y una humana y dura historia de vida hacen de Hijo del Campo una obra de alta calidad artística que merece ser apreciada por todos quienes gusten del buen teatro.