La materialidad de la música.

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Por Fabián D´Amico

Simple propone un viaje hacia las canciones románticas que muchos negaron amar, con mucho humor y la habitual mirada nostálgica de Francisco Pesqueira

La tecnología aplicada a la industria del entretenimiento ha logrado avances inimaginables décadas atrás. Fácil acceso, inmediatez en la disposición, gran espacio de almacenamiento en pequeños dispositivos. Muchos logros que han dejado atrás el contacto con la materialidad de muchos lenguajes. Entrar en un libro como “espacio" de ingreso a nuevos mundos, abrir una caja conteniendo un video o dvd, leer y apreciar la portada de un disco mientras suena desde un tocadiscos la música deseada. De una manera implícita Simple, habla de esto y siendo un show creado por Francisco Pesqueira la nostalgia está presente de principio a fin.

Una escenografía “setentosa” y muy krish con empapelados y mobiliarios típicos de esa época convive con un pequeño escenario cuyo cortinado de papeles metalizados recuerda a programas de televisión de la era Romay en canal 9. Una estética que acerca al público con este mundo de canciones del pasado, con melodías de amor que nos negamos haber escuchado y menos aún, amar. Una asistente ofrece a ocho personas al azar elegir de una batea distintos discos simples con los que Pesqueira construye el espectáculo. Coloca cada uno de los simples en el tocadiscos y surgen infinitas historias de tiempos olvidados con las cuales Pesqueira tiene alguna relación alguna y que siempre negó amar.

Si en Canciones de cine el show lleva al espectador a recuerdos de películas imborrables, en Simple la relación es con la música, y en particular con esas canciones románticas que fueran hits en las décadas del 60 y 70.

Lo particular de Simple es que Pesqueira apela a su oficio-y gracia -como actor para representar a cada uno de los personajes que lo retrotraen a esas canciones más allá de su mero rol de cantante. Nacen así desopilantes criaturas como una maestra de Francisco de la primaria enamorada de Demis Roussos, el primer amor pre adolescente con quien descubriera a Rafaella Carra, una peluquera travestí de su barrio quien escuchaba todo el día en un pequeño grabador las canciones de Yuri,o una monja devota de los temas de José Luis Perales.

Surge a lo largo del espectáculo una galería de personajes tan arquetípicos como queribles, a quienes el actor les presta su cuerpo y una deliciosa tonada cordobesa. Un trabajo plausible de Pesquiera por la creatividad en la selección musical y como ella se plasma en el escenario, en su labor actoral histriónica y un delicado trabajo como cantante, con una recreación precisa del tema musical sin caer en la imitación o maquietta, algo tan usual cuando se trata de estrellas como por ejemplo Julio Iglesias.

Párrafo aparte merece el equipo técnico de la obra, ya que el azar en la elección de temas de la noche exige atención y rapidez de resolución a los operadores de luce y sonidos, convirtiéndolos en personajes relevantes en la representación.

Simple obliga a quienes vivieron la época dorada de los discos con dos temas revivirla con humor, a quienes no la conocen, descubrirla y a quienes la añoran, acercarse a ese mágico mundo de fotos en primeros planos con grandes jopos y esponjosos braggings con mirada nostalgiosa pero nada melancólica.