Lo mejor de mi está por llegar

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Por Fabián D´Amico

Irónica enunciación para un cruel relato con una lograda química entre la dramaturgia y la puesta en escena de Jorge Acebo.

Medea es una vital joven de un pequeño pueblo que vive con su padre, ya que su madre muere al darla a luz. El amor y respeto que profesa por su padre y por sus tías- quienes la criaron- es tan fuerte como la pasión que le inspira el campo plagado de amapolas donde pasa recostada mucha de sus tardes. Al crecer la joven asiste a todas las fiestas populares de los pueblos cercanos. El médico de la zona, joven y viudo, pone los ojos sobre Medea, quien se muestra alagada por tal deferencia. Una ocasión, el médico se ofrece acercar a su casa con su auto, sin sospechar que sería el principio del fin de su vida.

El doctor abusa de la joven y tal hecho aberrante es el secreto mejor guardado de Medea. Un día, el médico pide al padre su mano y se casan. El hombre la saca de su lugar, de su gente y la lleva a su nuevo “hogar” lleno de recuerdos de la antigua mujer. Ni siquiera la llegada de los hijos hace más placentera su vida y los maltratos físicos y verbales del marido dan inicio a la tragedia que no tarda mucho en desatarse.

Jorge Acebo plantea una historia en donde la interesante dramaturgia se ve relegada por una puesta en escena donde lo multimedial desplaza en ocasiones la intensidad de la interpretación y se vuelve la protagonista de la obra. Una cámara en mano de Nicolás Condito sigue en todo momento a la protagonista, dividiéndose la acción- y la atención del público- entre la actriz y la imagen de la actriz en el muro de la sala. Si bien hay ciertas escenas con un clima de encierro muy logrado por esa dualidad realidad-imagen proyectada, hay abuso del recurso para nada novedoso pero bien aplicado. A pesar de ese reparo, se ve una labor artesanal y detallista de coordinación y mucho ensayo para el ensamble de la actriz, cámara y música en vivo de Maximiliano Pugliese

La actuación de Florencia Galiñanes comienza con debilidad, en especial de dicción, pero con el correr de la representación se torna fuerte hasta llegar a un final visceral que conmueve. Puede verse en el discurso una marcación precisa de dirección y una química precisa entre el material y la plasmación del mismo en escena.

Lo mejor de mi está por llegar es un potente discurso sobre la violencia de género en un tiempo en donde los trapos sucios se lavan en casa y donde los golpes y abusos solo se veían de puertas adentro de los postigos entreabiertos