Mi mujer se llama Mauricio

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Por Fabián D´Amico

Cambio de roles, hombres trasvertidos, equivocos que se incrementan con el tiempo y muchas carcajadas en esta divertida comedia éxito en las grandes capitales teatrales mundiales.

Hay propuestas teatrales de mayor profundidad intelectual o compromiso dramático que otras pero todas son bienvenidas siempre y cuando prime el profesionalismo como meta artística. Esa dualidad permite ver dentro de la oferta teatral capitalina títulos como El vestidor y otros como Mi Mujer se llama Mauricio. Cada uno con un público, una temática y un objetivo tan diferente como valioso. Escrita por Raffy Shart, autor armenio de gran éxito en París, en 1997, la obra obtiene un éxito sostenido en el Teatro Santa Fe de Mar del Plata en la temporada 2017 con un elenco conformado por Chiqui Abecasi, Sergio Gonal, Adriana Salgueiro y Juan Acosta entre otros y diez años antes con Emilio Disi y Diego Pérez en Villa Carlos Paz

Mi mujer se llama Mauricio es una comedia de enredos o “de living y puertas” como las exitosas piezas representadas en los 70 en el Provincial de Mar del Plata, sede indiscutida de este subgénero. George y Marion son un matrimonio de clase media acomodada parisina que con varios años casados y viviendo una crisis de pareja. Están a punto de vender el departamento a un matrimonio que viene desde lejos a verlo. Cuando Marion sale de su casa, toca el timbre Maurice, miembro de una entidad llamada “Ayuda Fraternal”, en busca de ropa usada que había prometido entregar la mujer. La llegada de Maurice coincide con el imprevisto arribo de la amante de George dispuesta a contarle a Marion la infidelidad de su marido, del marido de la amante que busca matar a George y del matrimonio extranjero que intenta comprar el departamento. Maurice no pude dejar de lado su espíritu de ayuda y asiste a George en sus múltiples problemas, convirtiendo a los mismos en cómicas catástrofes.

Cambio de roles, equivocaciones con los nombres, travestismo, un desfile de personajes que copan el departamento y los cuales son escondidos de los otros en los distintos ambientes y un final nada previsto son las reglas básicas de este juego teatral encuadrado dentro del vaudeville y en Mi mujer se llama Mauricio las reglas se cumplen y dan un rédito positivo.

Una adecuada escenografía, un vestuario lujoso con cambios que muchas veces no condicen con la acción ni el tiempo (Marion sale de su casa vestida de manera casual y sin bolso alguno, regresando ese mismo día, horas más tarde, con vestido de noche) y un elenco heterogéneo forman la materia prima con la cual Ernesto Medela arma una dinámica y festiva comedia con ritmo sostenido y carcajadas de la platea.

El elenco masculino brilla y se destaca por sobre las chicas de la obra. El profesionalismo, y los años de apostar a la comedia, de German Kraus se ven reflejados en un George que se mueve cómodo sobre el escenario, que lleva el ritmo de la pieza y hace que sus compañeros lo sigan por buen camino. A su lado Alejandro Muller crea a un Maurice tan delirante como contenido, lejos de los desbordes que habilita a un hombre hacerse pasar por mujer. Matías Ale y Matías Santoiani están correctos en pequeños papeles que hacen al devenir de la historia pero que no participan de los conflictos principales. El elenco femenino, encabezado por Adriana Brodsky- preocupada más en decir la letra que en como decirla- tiene altibajos que van desde la inexpresividad hasta la falta de modulación de las palabras.

Hay debates interminables sobre lo que es buen teatro y que no. Hay muchos – entre los que me incluyo, que prefieren hablar de teatro bien hecho o mal hecho. Mi mujer se llama Mauricio esta dentro de los primeros. El propósito de una comedia de enredos es entretener, divertir a la platea y esta obra cumple con su cometido