Tommy

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Por Fabián D´Amico

Acertada puesta en escena y dirección de Diego Ramos para el musical creado en base al disco de The Who. Destacado ensamble y coreografías.

Los estrenos asiduos de musicales mundialmente reconocidos en formato de “solo ocho funciones” en la cartelera porteña le brinda a los hacedores del género una bienvenida gimnasia o adiestramiento, hasta hace poco, nada habitual. El estudio de canciones, coreografías y textos de probada eficacia permite que cantantes y bailarines se preparen para una manera de decir, cantar y bailar específica, y así contar con materia prima destacada y capacitada.

Un caso particular del crecimiento nacional dentro del musical es el estreno de Tommy, musical creado en base a una producción de la banda británica The Who, considerado por los especialista de la época como el primer álbum de rock and roll en contar con una narrativa lineal completa a través de su progresión de canciones, en una logradísima puesta y dirección de Diego Ramos y un joven y potente elenco.

El musical, encargado de relatar una historia a través de canciones, se estrena en Broadway en el 1993 y sitúa la acción en la Segunda guerra mundial, donde una joven pareja que se casa y el hombre debe partir a la guerra, quedando la mujer embarazada. Dan por muerto al marido, la señora forma nueva pareja y crían entre ambos a Tommy, un vivaz niño. El regreso sorpresivo del supuesto soldado muerto, el reclamo de éste por recuperar a su familia, el crimen del soldado quien mata a la pareja de su mujer y el niño como espectador involuntario de ese suceso desencadena la tragedia de Tommy. Desde ese instante, el niño no escucha, no habla, ni se comunica con el mundo exterior. Su mundo está formado por hospitales, médicos, un tío pedófilo, un primo extrovertido, un gran espejo y el silencio. Cuando crecen, es el primo de Tommy lo lleva de paseo y descubre un flipper (una maquina de videojuegos mecánica) y desde ahí su vida cambia por completo.

Amado por multitudes gracias a su habilidad en ese juego, Tommy recupera su vida “normal” donde se transforma en un ídolo, con fanáticas que mueren por verlo y su grupo de amigos que ofician de seguridad. Esa normalidad no es en verdad la vida que el joven quiere para él y comienza una batalla interior para reconocer cual es su lugar en el mundo. La obra encuentra en Diego Ramos un director creativo quien, con un único decorado, colorido vestuario y peinados de época más un diseño de luces atractivo, logra montar una puesta en escena dinámica y enérgica con la excelente colaboración de Vanesa García Millan en las coreografías.

Los protagonistas de la obra se muestran seguros en difíciles roles y se infiere una tarea profunda de Ramos en encontrar con ellos, la psicología de cada tortuosa criatura que forma la fauna del musical. Desde los roles principales hasta el último ensamble está comprometido en su personaje tanto a nivel interpretativo como vocal y coreográfico. Uno de las principales falencias- podría decirse que la única notoria- es el sonido y en especial la ecualización entre la banda en vivo y las voces que en momentos se ven cubiertas por la música.

El joven protagonista Ezequiel Rojo logra un equilibrio plausible entre la actuación y su performance como cantante, siendo elogiable en ambas disciplinas. Mariano Zito como el padre y Walter Canella como el tío demuestran en cada musical sus dotes para el género. El elenco femenino es homogéneo y es necesario destacar el ensamble, fundamental en este musical, quien realiza una tarea encomiable, cubriendo varios roles y ejecutando las frenéticas coreografías de García Millan.

La primera versión teatral de Tommy en Buenos Aires es el vehículo para descubrir a un director integral dentro del género de la comedia musical como se perfila Diego Ramos (ganador del Premio Hugo 2017 a revelación por la dirección de Falsettos) y de disfrutar de un musical cuya transposición cinematográfica fuera de culto en todas las trasnoches sabatinas de las principales salas cinematografías durante los años 80 y 90.