Un hombre con muchas sombras

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Por Fabián D´Amico

Impacto visual y bellas imágenes sostienen la propuesta infantil de la sala principal del Teatro Nacional Cervantes.

El Teatro Nacional Cervantes apuesta a lo grande para las vacaciones de invierno y presenta un espectáculo donde lo visual se impone ante cualquier otra disciplina artística. El hombre que perdió su sombra, basada en la famosa novela La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814) de Adelbert von Chamisso, respeta la historia original y se toma varias licencias tanto desde lo estético como desde la dramaturgia.

El hombre del título tiene una buena vida pero ansia más de lo que tiene y en especial el amor de una bella joven. En una fiesta el caballero se cruza con un ser misterioso quien le ofrece varias opciones ante la posible venta de su sombra. Con el propósito de comprar lujos y con ellos atraer al objeto de su amor, vende su sombra por un cofre que le da infinita fortuna. Los desconciertos y penurias del hombre sin sombra comienzan cuando sale a la calle y la gente mira con asombro y desprecio que su cuerpo no refleja nada en el suelo. Apabullado, el hombre se aísla del mundo y enfrenta al ardua tarea de encontrar al comprador de su añorada sombra y recuperarla a cualquier precio.

Pasado un año del infortunio, ambos se reúnen. EL hombre de gris está dispuesto a regresarle su reflejo a cambio de tres pedidos muy especiales: una exótica flor, un pájaro que habita en un lugar muy inhóspito y una gran gema preciosa que se encuentra en el corazón de un volcán encendido. Con cada aventura que demandan años de sacrificio, el hombre crece, madura y se replantea los valores y cosas importantes de la vida, dejando de lado las cosas superfluas como la apariencia, la fortuna y las amistades vacías y huecas.

Las creadoras y directoras Eleonora Comelli y Johanna Wilhelm apuestan con esta obra mostrar imágenes de alto impacto visual pero descuidan la dramaturgia y las acciones dramáticas que dan sustento a lo que muestran. Dividiendo la acción entre lo narrativo- el hombre relata a la audiencia lo que le aconteció en su vida- y la representación de las mismas, las primera le da letargo a la puesta, como si fuesen necesarias menos palabras para narrar lo que se ve a continuación. A eso hay que sumarle que no se puede apreciar de manera acabada una dirección de actores que indague la psicología- por demás compleja- de los personajes, y queda todo en una marcación lineal y espacial centrada en la importante puesta en escena que ocupa todo el escenario de la sala principal del teatro.

La actuaciones de Pablo Fusco, Sebastián Godoy, Griselda Montanaro, Gastón Exequiel Sanchez son correctas y el protagonista, Santiago Otero Ramos, rescata voces, posturas y mohines que le hicieran ganas varios premios por su labor en Asesinato para dos pero es quizás el personaje más marcado en cuanto a los movimientos escénicos pero más descuidado en cuanto a la dirección
La puesta tiene una coordinación precisa entre las imágenes, que se retroproyectan y que arman- en base a planchuelas manipuladas en vivo- infinitos decorados como si fueran viejas estampas, y las acciones en escena.

Una correcta coreografía, junto a un diseño de iluminación que permite el devenir de los personajes y decorados” virtuales” y músicos en vivo ataviados con ropa de época son elementos valiosos que dan un marco imponente a esta propuesta destinada a un público infantil con alguna experiencia teatral previa, ya que la corporeidad de elementos escenográficos que habilite el juego o la interacción entre actores y platea es escasa y no esta abierta a lo lúdico.