El oficio de ser madre

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Por Fabián D´Amico

Todas las canciones de amor subyuga por la excelente conjunción del trio Loza-Marini- Tartanian.

Santiago Loza ha adquirido a lo largo de su producción teatral tanto un lugar dentro del teatro alternativo como generar un estilo particular de enunciación basada tanto desde la dramaturgia como en sus puestas en escena. Un estilo basado en narraciones realizadas por mujeres ( María Merlino es su actriz fetiche con la que ha presentado exitosas piezas como Que me has hecho vida y otras) donde a partir de pequeñas anecdotas sobre cosas simples de la vida elabora grandes relatos plagados de bellas imágenes surgidas de narraciones cercanas al cuento o la fábula. Una manera de produccir que no se altera con su paso del ambito alternativo a una de las principales salas del circuito comercial como es el Paseo La Plaza.

Todas las canciones de amor mantiene la impronta de Loza. Un único decorado muestra el comedor de una casa de familia donde hay un bargeño con dos portarretratos, una mesas con dos sillas y una puerta que espera que alguien la transpase para romper asi cierto grado de monotonía que invade el lugar. Una mujer irrumpe en el lugar, toma un silla, la acerca al proscenio y empieza una especie de diatriba hacia el público, testigo presente pero no partícipe de este monólogo. Una especie de catarsis que a partir de insignificancias ( como se despierta, como respira al levantarse, que sucede al cepillarse los dientes) lleva a la audiencia a una especie de viaje imnótico y apasionante sobre el cambio que tuvo su vida ante la partida de su hijo y como ese dia, el de la catarsis, cambia nuevamante su monotonía ante la vuelta al hogar de su primogético con su pareja, Robert, un aforamericano que con el que convive en el exterior.

La infancia del hijo, sus vacaciones, como era y como es la relación con su marido despues del nido vacio y varios momentos en donde el pensamiento verbalizado de la mujer -que no tiene con quien hablar-se torna un tanto delirante o paranoico como cuando piensa que su hijo esta cruzando la cordillera y relaciona ese hecho con el accidente ocurrido en los 70 con un avión uuguayo. Un vaiven de emociones que la dirección de Alejandro Tatanian le da un vuelo adicional remarcando de manera muy precisa los gestos e iluminación en momentos donde la mujer deja volar su mente y la delicadeza y toques de humor cuando la cotideaneidad se adueña de la escena. Un plus valioso le da a la puesta el vestuario de Oria Puppo quien con un único vestido remarca la insignificancia de este ser desvalido al tener su atuendo un estampado similar al de las paredes, como si fuera invisible o un objeto más dentro del espacio.

Como en todas la pieza de Loza la musica tiene un lugar importante. Sin ser un espectáculo musical, el agregado de un pianista en escena (Diego Penelas) y la irrupción en cuatro ocasiones del hijo (Ignacio Monnas) cantando solo o junto a su madre canciones reconocidas como Zamba para olvidar refuerza la fuerza dramática y onírica de cada uno de esos deliciosos momentos.

Marilu Marini realiza un trabajo sutil, delicado y muy visceral.Con buena parte de la obra sentada en una silla enfrentado al público en una cercania palpable, la voz y los gestos de Marini bastan y sobran para captar de manera atrapante, la atención de la audiencia. Una manera de decir, de modular y de relatar que subyuga y encanta- en el sentido mágico- a quien se deje llevar en este simple y potente viaje hacia el interior de una mujer cuya única razón que la maniene con vida es el hecho de ser madre.