El violinista en el tejado

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Por Fabián D´Amico

Una respetuosa y tradicional puesta en escena de Gustavo Zajac permiten el lucimiento de Raúl Lavie en una historia eterna de amor filial y costumbres ancestrales.

El número de apertura de El violinista en el tejado resume a la perfección el espíritu de la obra en cuanto a trama y a puesta en escena. Tradición es lo que se canta y se proclama, una tradición que se mantiene por siglos en donde el padre toma las decisiones, la mujer solo cocina, lava y cría hijos y las hijas apenas tienen el privilegio de observar en silencio lo que sucede. Una costumbre del pueblo judío a principios del siglo XX cuyos fieles ortodoxos en la actualidad aún perdura. Y una tradición en cuanto al discurso del director, quien realiza una reposición fiel a versiones anteriores y marca aún más el carácter tradicional de esta comunidad al respetar a rajatabla los bailes, que más que coreografías originales son fieles reflejos de lo mejor del folclore judío.

La historia del humilde lechero, casado hace 25 años con la misma mujer, padre de cuatro hijas mujeres es conocida por gran parte del público, aunque este no sea adicto a los musicales. Nacida como musical en Broadway en los años 60 con coreografías y dirección de Jerome Robbins, una exitosa película, varias reposiciones mundiales y dos versiones anteriores en Buenos Aires (una con el protagónico de Raul Rossi y la otra con Pepe Soriano), la pieza es un clásico y como tal es difícil aggiornarlo y cada puesta carga con el peso del recuerdo- y en parte homenaje- a la anterior.

Lo valioso de este nuevo acercamiento a la obra es el elenco que le da vida a estas criaturas tan simples y sabias a la vez. Raúl Lavie atrapa a la audiencia desde su primera entrada con un caudal de voz que no denota el paso del tiempo y una energía que muchos de los integrantes del elenco -que apenas llegan a tres décadas- deben envidiarle. El magnetismo de su pisada escénica es el resultado de tantos grandes musicales en su haber (Locos de Verano, Pipping, Gotan,El hombre de la Mancha, Zorba el griego , Victor Victoria y muchos más), un género donde Lavie brilla tanto como cantante como en el rol de actor. Junto a él, Julia Calvo demuestra su profesionalismo como la abnegada esposa, con escenas para el recuerdo, como el dúo de amor y otras en donde la marcación de la dirección la conduce por caminos no tan logrados y los gritos o exageraciones gestuales ensucian una delicada labor. Un verdadero placer es el ver sobre el escenario del Astral juntos a Lavie con Omar Calicchio y la magia que ambos generan cuando se unen, al igual que el apreciar el encanto de la eterna juventud de Adriana Aizemberg. El elenco joven es dispar y como es habitual en cada obra que figure el nombre de Florecia Otero, el esfuerzo y talento del resto del elenco queda eclipsado ante sus virtudes como intérprete, en una conmovedora escena de la despedida con su padre.

Un único espacio escenográfico con árboles en las patas del escenario que emulan un bosque y un fondo que se ilumina para reflejar distintas horas y estaciones del año son el encuadre técnico mínimo y efectivo de la puesta con escasos elementos de utilería que conceptualizan espacios. Un gran hallazgo en esta versión es la orquesta dirigida por Mateo Rodó. La juventud del maestro se traslada a la partitura y a quienes la interpretan, dándole fuerza y vigor a los temas tan conocidos de la obra.

El dramatismo de la pieza en el final llega con potencia a la platea quien agradece con aplausos sostenidos a todo elenco en pleno y ovaciona merecidamente a Lavie, una leyenda viviente dentro del musical nacional. El violinista en el tejado vuelve a emocionar y traslada a público hacia un pasado donde los musicales tenían una manera particular de realizarse y un vínculo muy espacial con quienes lo seguían. Este musical crea una empatía con la audiencia y el producto que Gustavo Zajac ofrece hace que se pierda, por más de dos horas, la percepción del tiempo y espacio real, como si a la salida del teatro, se pudiera ver desde un palco del teatro a Don Alejandro Romay aplaudiendo entusiasmado un obra-y una producción- con mucho de su impronta.