La habitación de Verónica

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Por Fabián D´Amico

Buen relato, dirección loable y actuaciones de nivel para esta primera pieza de texto de terror en Av.Corrientes

Si bien en el cine, el terror es un género muy popular, no lo es en el teatro. Muy esporádicamente puede verse, y en el circuito alternativo, alguna manifestación teatral que utilice los delicados recursos del terror. Más cercanas a performances de horror de cualquier parque de atracciones, estas propuestas nunca llegan a tener suceso
.
Siempre hay una excepción a la regla y esta se llama La habitación de Verónica. Pergeñada por Ira Levin, la misma autora de “El bebe de Rosmarie” y representada en muchos países, esta pieza de terror y mucho suspenso llega al teatro Picadilly en plena Av Corrientes.

Una joven pareja cena en un restaurante cuando una pareja mayor los aborda. Los cálidos ancianos quedan sorprendidos por el parecido de la chica con una pariente de ellos, prematuramente muerta. La madre de la joven muerta – con un estado de demencia avanzada-vive con los ancianos. Estos le piden a la joven si puede hacerse pasar por Verónica (la difunta), ir a saludar a la madre y darle un poco de paz a su locura. La joven accede al pedido sin sospechar que esto sería el comienzo de un fin demoníaco para su vida.

En las películas de terror, los sustos y sobresaltos están presentes a cada instante, en cambio en la pieza teatral lo que varia constantemente es la trama y relatar más de lo hecho con anterioridad sería romper con el misterio y los logrados climas de encierro y angustia que generan tanto el libro como la lograda dirección de Virginia Magnano.

Una puesta en escena simple y con desplazamientos acotados por la dimensión del escenario y la disposición del mobiliario que hacen la habitación del título, es el ámbito para que cuatro grandes actores desarrollen sus atormentadas criaturas. Esther Goris realiza una labor atrapante, plagada de recursos que van desde una máscara de locura bien lograda hasta momentos de introspección y silencio que atemorizan más que sus gestos ampulosos y temibles. Horacio Roca aborda a su anciano desde un trabajo interior, con aplomo, silencios que dicen mucho y un crescendo dramático que alcanza en el final de la obra momentos escalofriantes. Florencia Otero, en uno de sus primeros trabajos de texto, sorprende por su entrega y convicción. Adrian Lázare, en el rol más pequeño de la obra pero no por eso trascendente, comienza con cautela pero logra conmocionar hacia el final de la historia.

Una obra bien relatada, con una dirección acorde a las exigencias del texto y actuaciones de nivel para esta primera pieza de texto de terror que hará incomodar a más de un espectador desprevenido.