Ver y no ver

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Por Fabián D´Amico

¿Ver es lo mismo que comprender? Una pregunta filosófica que dispara el centro del conflicto en la obra Ver y no Ver, del irlandés Brian Friel

Any es una mujer que a los 10 meses de vida pierde la visón. Solo distingue de donde proviene la luz y lo que es oscuridad. Su infancia transcurre bajo la guía de un estricto padre que le enseña los colores y las texturas de las flores usando el tacto y el olfato. Una relación muy simbiótica ya que su madre está internada por problemas nerviosos. La vida de la joven transcurre con normalidad dentro de su mundo, un lugar construido por su padre y por la fuerza de voluntad y por la superación personal. Trabaja, vive sola, y se casa. EL marido de Any es un hombre por demás entusiasta que emprende cientos de proyectos humanitarios y sociales, como si en cada uno de ellos estaría en juego su vida. El último proyecto de este hombre es lograr que su mujer recupere la vista y para ello se contacta con un medico de fama mundial que por distintos motivos de la vida esta aislado del mundo en el mismo pueblo que habita.

Un trío cuyo centro de atención- y de salvación- es la no vidente. Para el marido, un logro personal que le daría otra posición frente a su amada, quien solo ama- u odia- a un solo hombre en su vida y es su padre. Para el médico, la posibilidad de recuperar fama, perdida cuando su mujer se enamora de un colega y lo abandona llevándose a sus hijas. Y en el centro esta Any, que nunca pide nada, que no objeta nada y que ambos hombres terminan por invadir y arruinar su pacífico mundo de sombras.

Un texto con infinita cantidad de capas para ir develando al mismo tiempo en que la no vidente recupera su vista y con ese logro- ajeno- pierde su equilibrio emocional. Una manera de narrar ese texto exquisito en base a monólogos y diatribas que atrapa al espectador por la manera en que se cuenta, se describe y se vive cada frase, cada oración, cada silencio. Al margen del buen libro, la puesta en escena y la dirección de Hugo Urquijo prestigia el producto final. La manera de decir, los tonos, los movimientos escasos y precisos sobre el escenario tienen un porqué de ser. Nada en Ver o no ver es superfluo o simplemente de carácter decorativo. Urquijo realiza una puesta despojada con un excelente trabajo en la dirección de actores. Graciela Dufau es etérea y a la vez contundente en escena, su voz, su fragilidad y la fuerza que irradia de su Any son tan antagónicas como cautivantes. Una actuación sutil, con un medio tono preciso que le da un halo de misterio a su criatura. Muy bien secundada por Arturo Bonin y un trabajo de Nelson Rueda que está a la altura de dos grandes artistas de la escena nacional.

Tres sillas y tres paneles sobre los cuales se “proyectan” una serie de bellas y logradas imágenes a través de la técnica de mapping, conforman los únicos elementos ajenos a las palabras y a los actores. El pequeño gran trabajo visual realizado por Marcos Gómez y Matias Canonny es de una belleza inusitada y de una realización artesanal plausible.

Ver o no ver es una excelente propuesta teatral, de aquellas que indudablemente requieran de un café posterior para comentar- o alabar- a la obra y no poder desprenderse de ella tan fácilmente.